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Teniendo presente lo señalado, el código de la civilización reflexiva preconiza como tipo ideal una suerte de individuo que procede a autorregular su comportamiento y emocionalidad en pro del bienestar psíquico y, en última instancia, en aras de su felicidad. Este tipo ideal vendría caracterizado de acuerdo con los siguientes rasgos:
a) La autoaceptación física y psíquica. La persona elige otorgarse a sí misma un valor positivo más allá de sus actos, la opinión de los demás y los dictados sociales. Es una persona que asume activamente y no con resignación sus defectos y virtudes, sus peculiaridades personales y el aspecto de su cuerpo. Tal autoaceptación es un requisito básico e inicial para diseñar un proyecto de personalidad y vida cuya referencia es siempre la propia persona.
b) La autenticidad. En tanto la persona se autoacepte, se habrá liberado del fardo de las apariencias, del lastre de representar ante sí y los otros un papel ficticio con el que conseguir la aprobación del prójimo. No tiene, pues, que violentar su emocionalidad y comportamiento fingiendo estados de ánimo o caracteres de personalidad que no son los propios.
c) La desculpabilización. La persona puede admitir que comete errores, pero no malgasta tiempo y energía arrepintiéndose de ello. La total carencia de culpa es uno de los rasgos básicos de la persona que se autoayuda. La culpa inmoviliza, los remordimientos paralizan al individuo y le atan a un pasado inmodificable cuando lo importante es el presente; cómo organizarse aquí y ahora. A partir de esta consideración del presente, el anverso de la culpa es la preocupación, orientada hacia el futuro e inmovilizadora del mismo modo.
d) La no-deberización. El individuo no reconoce para sí más deberes que los que él mismo se impone. Si la persona no se «deberiza», tampoco «deberiza» a quienes le rodean: ni exige, ni impone, ni culpabiliza al prójimo. Son relaciones asidas a una voluntad pura; se mantienen por sí mismas y nada más que por las recompensas que generan la propia relación y los vínculos interpersonales (Giddens, 1997: 117).
e) La autodependencia. La persona es consciente de los posibles lazos que le ligan a los demás, pero es ella quien gestiona las posibles dependencias respecto al prójimo. Ser autodependiente es sinónimo de no buscar nunca la aprobación ajena. La vida se simplifica al no expresar dependencias respecto al otro. En virtud de esta simplificación, lo que a los demás, presos del convencionalismo y las demandas sociales, les parece harto complicado, a la persona autodependiente le resulta extremadamente sencillo.
f) La sospecha social. La sociedad es siempre sospechosa de coartar la iniciativa individual, de constreñir la expresión de las emociones y de reglamentar arbitrariamente el comportamiento.
La sociedad es una entidad hostil y, antes de enfrentarse a ella, la persona debe afianzar su valoración, autoaceptación, voluntad de autonomía, su desculpabilización y su no-deberización. Se configura así una oposición entre un individuo que trata de domeñar su interioridad y una sociedad que pugna también por ello. Autoayudarse es también conocer esos mecanismos que emplea la sociedad en su intento de control del individuo; es ser, de algún modo, alguien dotado de cierta clarividencia social. Esa clarividencia se emplea para resistir el embate de demandas y convencionalismos sociales; resistir reflexivamente, activando todos los recursos mentales para frenar la voracidad de la sociedad.
La civilización es hoy un hecho reflexivo que atañe más a la psique de la persona que a su dimensión física. Una vez que la totalidad de los individuos conocen los rudimentos básicos de lo que es una conducta civilizada se espera que ese conocimiento no desaparezca: cuando todos sabemos comer, vestirnos, saludar o dar salida adecuada a nuestras necesidades fisiológicas de forma civilizada, cabe esperar que estos hábitos nos acompañen el resto de nuestras vidas. Cuando gestualmente estamos civilizados, cuando se ha alcanzado ese estadio «definitivo» de civilización, cabe suponerlo como un estadio de no retorno.
Y es ahí donde se abren nuevas vías civilizatorias, ahora centradas en la psique y la subjetividad del individuo. Al contrario de lo que sostenía Elias, el código de la civilización reflexiva, asentado en publicaciones de autoayuda, muestra cómo la conciencia se vuelve permeable a los impulsos y, a su vez, los impulsos permeables a la conciencia. Así pues, en este balance se mueven nuestros actos y nuestra emocionalidad. Elias habla del proceso de la civilización como tránsito del heterocontrol al autocontrol. Sin embargo, el autocontrol que preconiza la civilización reflexiva no es tanto control en el sentido de represión de impulsos, instintos o pulsiones, sino control en el sentido de autoadministración. Según esto, de lo que se trataría es de gobernar la emocionalidad —la psique, en definitiva— con arreglo a patrones que cada cual individualmente establezca para sí. La administración de la psique es un ejercicio puramente personal que en ocasiones incluirá la expresión de emociones y pulsiones y en otras contemplará su no-manifestación. No hablo, pues, de anularlas o reprimirlas, sino de activarlas selectivamente en virtud de procesos reflexivos. El código de la civilización reflexiva no es estrictamente una profundización en el autocontrol; no es una versión más aguda y férrea del mismo. Ni siquiera se ajusta a la idea eliasiana de la «anestesia de los impulsos» (Elias, 1987: 460) como consecuencia definitiva del proceso civilizatorio. Desde la óptica de la civilización reflexiva, tal anestesia no llega a producirse puesto que no se contempla en modo alguno como propósito deseable. Al contrario, la clave estriba en habilitar una salida selectiva a tales impulsos con arreglo a lo que reflexivamente dictamina el individuo. Y así, como puede verse, siempre es posible otra vuelta de tuerca en el proceso de la civilización.
Administrar el yo: literatura de autoayuda y gestión del comportamiento y los afectos
Actualizada la última vez por singlemadrid 20 Mar.
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